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sábado, 15 de febrero de 2014

A.

La muerte de mi inocencia no tiene fecha en su epitafio, pero su recuerdo desubicado sigue vivo como un lastre que me impide disfrutar del presente. 

Desconozco en qué época gloriosa he gozado de experiencias más intensas, placeres mayores, afinidades más íntimas e ilusiones menos muertas. Tampoco recuerdo en qué momento cejé en mis desesperados intentos por recuperar la autenticidad perdida, por ahogar la rutina en ramalazos de espontaneidad fingida. En algún punto de mis ritos de auxilio decidí que era más honesto afrontar la pérdida. Cambié el teatro de reanimación por el lamento fúnebre; y aún hoy llevo su luto. 

La nostalgia empapa las letras de cada texto que escribo y los convierte en elegías. Una y otra vez las mismas elegías, tan manidas que ni lágrimas provocan. No puedo vivir sin tu ayuda en esta realidad descafeinada. Las ciudades se suceden una tras otra y son la misma. Todo es siempre lo mismo. La creatividad sólo me ofrece una visita cada mucho y luego me abandona sin siquiera despedirse. Me corta las llamadas y se lleva los pinceles con los que colorear tu sepultura. Y tengo miedo al negro y los espacios sin pintura, porque, 
cuando no hay pigmentos que enmascaren, 
en la piedra crecen hiedras de miedos 
y mohos de dudas.

sábado, 5 de octubre de 2013

Hopeless

Mi ilusión ha muerto,
la han matado.
La he matado
con decepciones
e imposiciones
y aislamiento
y pilas de apuntes que disertan
sobre castillos ficticios de conceptos
Y ahora
-y desde siempre
me enfrento a un futuro que detesto
porque toca
y ya empecé
y ya no espero
que nada mejore con el tiempo.

viernes, 5 de julio de 2013

La venda en los ojos

Discriminación, explotación, exterminio, maltrato, fascismo, esclavitud, manipulación, engaño, usura, hacinamiento, agonía consentida, marginación, cosificación, especismo, sexismo, xenofobia… me duelen los ojos de mirar violencia; me duele el ánimo de saberme impotente. Mi motivación flaquea ante los altos muros pétreos que no ceden ni un centímetro. Unos pocos se romperán los huesos golpeando con puños, cráneo y piernas mientras los más subsisten a su sombra. Yo ya me he cansado de soñar con ser mártir: no puedo ser feliz con los ojos descubiertos, encontrándome en los Otros, en el terror de sus vidas y en mis miedos propios. Todavía eventualmente me dejo las uñas arañando a mi espalda la gravilla, pero ya nunca miro al frente, tan sólo hacia la hierba –allí no veo los límites ni salpica la sangre-. El escarabajo vaga entre las briznas ajeno a los otros mundos: no querrá ascender los muros ni expropiarán sus tierras, tal vez nadie lo pise ni se lo encuentre un ave. 

Si amurallan el suelo quizás cierre los ojos –la oscuridad es insondable, no hay cercos que la opriman- y aunque me griten cobarde, quizás ya no los abra.

lunes, 12 de marzo de 2012

Contraste amanecer


Son las diez. Y te encuentro despierto, o te despierto al despertarme ruidosamente y voltearme hacia ti, entre el calor de tu piel y las mantas, pero más de ti. Los rayos raquíticos del sol desdibujan una sonrisa entre tu barba, y me ciegan al dejarlos entrar saludando entre las sábanas, sonriendo y besándote otra vez en las estrechas mejillas despobladas. Son las diez, o las nueve, o las doce, pero ya no volveré a dormirme al verte y abrazarte en el único momento del día en que mis manos están aún tibias para rodear tu espalda. Y contagiarte una inmensa sonrisa a pesar de los monstruos acechantes a los dos lados del sueño. A pesar de la impotencia de saberte en las pesadillas demasiado reales en las que no puedo tenderte la mano ni el hombro.

Son las nueve y estoy sola, alargando los minutos de un despertador demasiado estridente que me despide de la cama a gritos hacia una fría y húmeda mañana de marzo. Son las nueve de un lunes y sonrío cinco días por delante del presente, cuando sean tus piernas y no las sábanas entrecruzándose en las mías, y la mitad fría del colchón se llene guareciendo mi espalda.


viernes, 2 de diciembre de 2011

La inocencia del verdugo


Yo no quise, nunca quise; nadie quiere nunca hacer daño. Nadie quiere nunca estimar el alcance de cada uno de los pasos que acomete. Las cadenas sólo están ahí, tristemente engarzadas. Se suceden como pasos de escaleras que llevan a oscuras bodegas donde nadie quiere entrar. Te lanzan y atrapan un día en las redes del tiempo los dioses padres, para luego cobrarte el regalo con intereses que nunca has pedido: moralidad, convenciones, leyes, normas, culpabilidad. Siéntete culpable porque han sido puestas en tus manos las vidas de los otros, de tus hábitos depende su suerte. Ten empatía –es también un regalo de los dioses- para así luego sufrir por el dolor que a otros parias causa tu existencia. Nadie te ha preguntado ni lo hará. Puedes obedecer como el buen mártir que hubieran querido esos dioses y seguir sufriendo por no poder retroceder lo andado. Puedes también atorar los oídos con algodón en rama y fingir sordera: no gotea la sangre en mi comida, no lloran madres por sus hijas en mis tazas, nadie ruega por su vida en mis abrigos, nadie grita de angustia cuando pago: yo no los oigo. Ya no culpo esa sordera, el mutismo o la ceguera. Ya sólo arranco vendas, algodones y palabras porque yo no consigo esconderme, porque ya no puedo evitar ver su terror aunque a ti no te importe. El puntero se desliza por las horas como el filo del cuchillo en sus gargantas, y cuatro mil inocentes por segundo se calculan sólo en marcador humano. En mis oídos resuenan siempre sus ruegos. En mis ojos se diluyen en sangre sus pupilas muertas. En mi lengua se evoca el sabor metálico que encharca sus pulmones.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Los nadie

No eres alguien - niegan las caníbales
devorando tu frío cuerpo maltrecho
de tumores y lágrimas,
sorbiendo la sangre aún caliente
del crimen,
y el jugo templado de tu pecho
que jamás catarán tus hijas muertas
-matadas.
“No eres nadie” dicen las personas
incapaces de ser alguien.

jueves, 22 de septiembre de 2011

NO EXIT


Por la carne y sangre presa tras tus ojos
de hematomas cordura, voz y cuerpo henchidos,
que no son tuyos los días al yugo sometidos
por la voracidad del hombre a tus despojos.

Que de nada sirven súplicas o enojos
cuando tu pelo es crespo y la voz sólo balidos
que desconoce el hombre, que tapa sus oídos
para no oír el llanto que causan sus antojos.

Cuando grabado a fuego llevas privación
de todo que cual mercancía no fuere valorarte
desde la sucia cuna a tu último estertor

no hay para ti dicha o piadosa exculpación
que en tu auschwitz animal puedas labrarte,
más que el gélido filo del tormento redentor.

lunes, 29 de agosto de 2011

Ansiedad

Sentimientos degradados en palabras estériles se consumen en un humo corrosivo de plástico calcinado. Los notas, los inhalas con dificultad y sientes como descienden hasta atascarse en la laringe. Ahí forman nudos, una presión palpable en la garganta que concluye en garras que enraízan en la carne débil, sangrante, y en la carne más débil de tu psique. Son los quiero-y-no-puedo, los miedos impuestos, la impotencia. Clavas las uñas en tu cuello oprimiendo la nuez: prefieres la asfixia física. Luchas también por arrancarte el tumor antes de que se extienda. Tensas los músculos y aprietas los dientes. Y bocetas una sonrisa ficticia: tensar contra la presión en la laringe no es más que el simbolismo de luchar contra la presión real. Tu sucedáneo de vida real.

Y lo sabes, pequeña cobarde.

lunes, 25 de julio de 2011

21:14


¿Lunes? Poco importa. Las manecillas se arrastran impasibles sobre la esfera de cristal con un estoicismo obstinado. La casa permanece silenciosa y el primer piso deshabitado, a excepción de la inexpugnable intromisión de las moscas. Y tras los dieciséis escalones rojizos, en una habitación orientada al sur, descanso, fatigada, recostada entre sábanas y mantas embrolladas en un ambiente soporífero. Desnuda y vulnerable, sumida en la aborrecible pasividad del hastío. Abiertas de par en par las puertas de la terraza, mi angosta espalda se ofrenda al ocaso. Imperceptible cordillera de vértebras y al sur un acento cóncavo: pequeño oasis de sombras en el largo desierto de mi piel... ¿Dejada, desganada? Profundamente agotada de no hacer nada. Y de esperar.

Y esperar, y esperar, y esperar...a vivir.


martes, 28 de junio de 2011

El silencio de los corderos

Acaricié por última vez su pelo crespo mientras me negaba la vista con su mirada otrora vivaz, ya muerta. No se molestó en volver su cuello magullado para despedir a un viejo amigo –el amigo traidor, aliado de verdugos; el amigo que ahogaría su llanto impotente por el compañero en la horca. Me alejé y se lo llevaron. Abandonó patosamente ahogado por una tensa y corta correa la pocilga maloliente. Con paso resignado y la imagen misma de la estoica derrota injustamente padecida y aceptada, de cada oveja, cada pollo, cada cerdo agonizante tras la mano implacable del hombre, cada fusilado.

Fue una mañana de noviembre de no sé qué año, una ejecución rutinaria de la empresa ganadera. Fría humedad envolvente, casi agua, que sostenía el aliento a jirones de la fila de tres hombres y la mal llamada bestia, como un sudario póstumo de la vida arrancada entre estertores henchidos de su sangre. Fría la piedad de aquellos asesinos remunerados de chubasqueros grises y tosca pose de verdugos, cuchillo en mano:

Inmovilización.

Convulsión.

Degollamiento.

Sangre.


Me encontré por última vez reflejado en sus ojos vidriosos. Silenciosamente interrogantes.