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miércoles, 14 de agosto de 2013

(Auto) rechazos

Mi identidad grita por 
desbloquearse 
en cada silencio incómodo, 
en cada abismo de posibles comentarios 
que no pasan el filtro. 

Oculto mis pensamientos 
a dicciones susceptibles de apreciarse 
esperando 
ingenuamente 
que la ausencia de palabras lo sea también 
de juicios. 
Pretendiendo hacer antesala 
en la opinión ajena 
hasta que la motivación y el coraje 
soplen a favor 
de la extroversión 
nuevamente. 

Y me quedo allí, 
atrapada en la indiferencia que despierta 
una chica callada, 
taciturna, 
insulsa. 
Sin que nadie llegue nunca a quererme 
ni interesarle 
ni desear mi compañía más allá 
de como medio vulgar y supletorio 
para matar las horas.


lunes, 1 de julio de 2013

Harakiri


El pánico se acerca silencioso –demasiado- 
contaminando la zona de seguridad. 
Pierdo el mero estar como derecho 
-no hay nada que haga, sea o piense que no merezca censura y repulsión. 
Quiero esconderme, pero 
no tengo a dónde ir 
Mi embarazosa presencia es siempre
demasiado visible
E incluso sola 
la culpa me acompaña. 
Necesito a alguien, pero primero 
necesito convencerme de que tengo derecho 
a pedirte ayuda. 
Porque temo desangrarme y mancharos la alfombra. 
No es justo para ti.

jueves, 30 de mayo de 2013

Hang-over

De mi piel hacia fuera hay otras pieles. 
Otros yoes que me juzgan sin estar en mi piel, 
y me aterran. 
De mis ojos a los suyos hay abismos 
de preguntas 
que las miradas no aclaran 
y a veces incrementan. 

Entre palabras y silencios 
caben mil ambigüedades y mentiras 
que casi siempre se ocultan 
y yo busco sin pausa 
y sin certezas. 

Busco por miedo a que mis taras 
sean mayores a mis miedos 
y no pueda verlas, 
a que tus juicios sean tan duros 
como ve mi autoconsciencia. 

Busco para ratificar si el ridículo
se mantiene o acrecienta.

domingo, 31 de marzo de 2013

Surcos

 
Cada línea es un insulto; 
cada punto un grito 
de auxilio 
ahogado en mi cuerpo. 

Duelen más las palabras
que los surcos 
cuando culpo de mis marcas 
al ego insaciable de una niña 
que aislada en mi cabeza 
(en perpetua cuarentena) 
sólo busca atención.

viernes, 8 de febrero de 2013

"¿Por qué lloras?"

A veces me preguntan por qué lloro y no sé qué contestar. Hace cuatro horas intenté redactar un texto y no pude. Sí, lo sé, una razón estúpida como para hundirme intermitentemente durante cuatro horas… pero es que esa no es la causa de mi llanto, sino sólo el origen de la bola de nieve –que siempre suele ser una nimiedad. Mi tolerancia a la frustración es muy pequeña y mi sentido de la culpa mayor de lo que me gustaría. 

Ahí empieza todo. 

Me obligo a tragarme la angustia y empezar lo que prometí acabar, como el padre despótico que con menos de dos cifras me obligó a sentarme durante media hora frente a la tabla del siete. Pero en ninguna de las dos situaciones logré más que dejar caer las lágrimas sobre el papel o el teclado. 

Así se desarrolla el origen. 

Después de eso maldigo, me insulto por egoísta y pusilánime y miro a la pared con la culpabilizadora idea de estar malgastando el tiempo: “y bueno, si no quieres hacer esto, ¿por qué al menos no estudias, idiota?” y ahí la cargada nube de malestar vuelve a estallar en llanto recordando cuánto odio mi carrera, los cientos de páginas estúpidas que debo memorizar, las largas horas de largos discursos que me resultan totalmente irrelevantes… y el hecho de que no tengo otra alternativa mejor, y sólo me queda aguantarme y continuar. Entonces busco un hombro, un abrazo, un beso, una mano que agarrar para sentirme apoyada… y tampoco la encuentro. Y lloro aún con más fuerza ahogando los gemidos en la almohada. 

Así continúa todo. 

A partir de ahí sale toda la mierda a flote, aquella ignorada, tapada, aparentemente olvidada o irrelevante… y lloro hasta por una bofetada de junio del 97. Y cuando ya no me queda más por lo que llorar no dudo en inventarme los motivos. Mi imaginación me enfrenta con falsos presentes y futuros distópicos, no sé por qué motivo, que desarrollo con total precisión de detalles. Y lloro por un amigo que morirá. Y lloro por una vida paralela en la que soy víctima de la trata. Y lloro por un futuro en el que acabaré siendo adicta a la heroína. Y lloro por un futuro en el que no tendré trabajo, dinero ni un techo bajo el que resguardarme… 

Así se mezcla y desarrolla todo. 



¿Que por qué lloro? Por todo lo pasado, presente, futuro e inexistente.

sábado, 13 de octubre de 2012

(Me) Desconozco

Tampoco yo sé lo que busco
allá dondequiera que escapo.
No sé si está fuera o en mí;
si llega, lo busco o lo atrapo.

No sé si de mí no sé nada
o si sé más allá de aquel margen
en que podría ser ingenua y feliz
sin miedo a culparme.

No sé si sé amar
o me engaño.
No sé si a mí misma
me odio o alabo.

Y no sé, mucho menos,
avanzar sin los ojos cerrados;
caminar con mis pies sin muletas
que me guíen el paso.

Sólo (a veces) sé matar al tiempo
e ignorar los disparos.


jueves, 9 de agosto de 2012

...

Estaba triste y no sabía por qué. En realidad no era tristeza sino una especie de vaciado de esperanzas, ilusiones, ánimo, energía y la mayor parte de las emociones, dejando en su recipiente, como en una caja de Pandora, sólo una de ellas: el descontento o malestar consigo misma. El descontento aislado de todo lo demás se convertía en desconcierto, y el desconcierto en culpabilización. La historia se repetía una y otra vez, cada vez que pasaba el suficiente tiempo sola y desocupada. El ánimo se le filtraba poco a poco por los poros de la piel hasta llegar al vaciado. Minuto a minuto que actualizaba una y otra vez las mismas páginas para comprobar, resignada, que nadie se había interesado por ella. Capítulo a capítulo de cualquier serie estúpida que se tragaba de cinco en cinco para evitar pensar en nada. Pero la apatía entraba a hurtadillas y aguardaba rezagada en algún surco del neocórtex para atacar en el momento justo. Y entonces, sin saber cómo ni por qué, su vida era una mierda y ella tenía la culpa. Y no lloraba por su vida, sino por su culpa.


domingo, 8 de julio de 2012

Autodestrucción rutinaria

Me cuesta lo mismo soltar una lágrima que una sonrisa, y suelo elegir la sonrisa. Sólo a veces algún pequeño evento impredecible me susurra al oído que la otra elección es más correcta, o quizás que, más allá de la idea de verdad o corrección, lo que toca esta vez es el llanto. A menudo siento que me gusta demasiado la sensación de ser una sufridora, una víctima y marginada social. El dolor, la enfermedad, la decadencia y la tristeza me resultan dolorosamente atractivos, quizás por complejo de antihéroe romántico. Me hago cortes psicológicos en las muñecas ligeramente profundos pero nunca verticales, pues sólo me engaño a mí misma de forma muy poco eficiente con la idea de querer destruirme, pero sólo quiero llamar la atención, alimentar mi ego con la preocupación ajena. Mi problema no es ignorarlo y que me ocurra o conocerlo y evitarlo, sino saberlo y no poder impedirlo, saberlo y odiarme por ello, humillarme cada vez que sufro emocionalmente aparentemente sin motivo hasta el punto de acabar llorando por la agresión psicológica que yo misma me causo. Quizás ese sea también un mecanismo para tener al menos algo por lo que llorar, aunque sea el ser tan patética de hacerlo.


domingo, 8 de enero de 2012

Instantánea eternidad

Cientos de elogios se esfuman con una sola réplica. Nunca es suficiente; nunca estarás suficientemente acompañada o suficientemente completa. El rechazo u obstáculo son el pulgar y corazón que voltea el reloj de arena. Y entonces todo se invierte una vez más, con vistas a una eternidad en retrospectiva: la abundancia de risa era de llantos, las ocupaciones eran sólo sucedáneos vacíos de compromiso, la soledad es glacial y perpetua.

Poco a poco se precipitan los granos de arena, a una velocidad variable en función de la profundidad del foso en que me hundo. Poco a poco se va desvaneciendo la angustia para sucederle la culpa y la vergüenza: la autodesacreditación por convertir en eternidades el instante vacío de la base de un reloj de arena.


lunes, 29 de agosto de 2011

Ansiedad

Sentimientos degradados en palabras estériles se consumen en un humo corrosivo de plástico calcinado. Los notas, los inhalas con dificultad y sientes como descienden hasta atascarse en la laringe. Ahí forman nudos, una presión palpable en la garganta que concluye en garras que enraízan en la carne débil, sangrante, y en la carne más débil de tu psique. Son los quiero-y-no-puedo, los miedos impuestos, la impotencia. Clavas las uñas en tu cuello oprimiendo la nuez: prefieres la asfixia física. Luchas también por arrancarte el tumor antes de que se extienda. Tensas los músculos y aprietas los dientes. Y bocetas una sonrisa ficticia: tensar contra la presión en la laringe no es más que el simbolismo de luchar contra la presión real. Tu sucedáneo de vida real.

Y lo sabes, pequeña cobarde.