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viernes, 21 de diciembre de 2012

Noche


Deambuló por las calles empedradas que en aquella noche parecían arroparla en el seno de su soledad glacial. La luz de las farolas se había convertido en un resplandor amorfo en la niebla, en aquellas últimas horas de noche en que la oscuridad te atrapa con más fuerza antes de diluirse. El aire helado la abrasaba en cada inspiración.

Aquella figura endeble se dejó caer en uno de los incómodos bancos de piedra que brotaban insólitos como setas pétreas en un bosque de hollín. Tan sólo unas sombras gatunas parecían sentirse cómodas bajo aquel cielo inhóspito y sin estrellas. Y ella. Ella, que ahora cedía al peso de sus miembros muertos desparramados sobre la fría superficie, y observaba atrapada en su coraza inútil cómo se devaluaba su cordura en cada aliento de ese veneno que mataba el suyo. Sin poder evitarlo.

jueves, 17 de mayo de 2012

Sueños



Cuando amaneció aquel jueves todo había cambiado: el dinero había volado de todas partes del mundo. Desapareció. Y desaparecieron las armas de todas las manos humanas, cedieron las cercas, muros, cerraduras y cajas fuertes y no había forma de arreglarlas. La gente estaba desconcertada. La antigua oligarquía ordenó a todo el ejército que oprimiera al pueblo, pero sin armas propias, promesas de riquezas o amenazas con la fuerza no había nada que pudieran ofrecerles. Todos los policías renunciaron a sus puestos. Todos los animales salieron a las calles: humanos con ovejas, vacas, cerdos y ratones corrieron como locos libres de sus jaulas, y ningún humano más volvió a explotarlos ni a explotarse. La tierra daba frutos en riquísima abundancia y -para sorpresa del mundo- ya sólo ella era fértil: murieron todos juntos, felices y de viejos. Y ya no quedó nadie.

Después me desperté.

jueves, 23 de febrero de 2012

Violeta

La noche era insondable. El cielo terriblemente azul y en mi interior, púrpura. Henchida la luna se regocijaba en su bóveda celeste, concediéndome al borde de la piscina unos pocos rayos plateados. Mis piernas, sumergidas hasta la rodilla, se mostraban zigzagueantes, lechosas e interminables. Esperaba su respuesta, un consejo, un reproche, tras mi confesión silenciosa.

Me miró. Me miró largo rato, desafiante, con sus enormes ojos malva llameando entre su carita pecosa. Al fin, tras un minuto o dos, una eternidad confinada en unas pocas vueltas de segundero, bajó la mirada:

- Tú sabrás. –contestó, lacónica.

- Eh, ¿tanta cosa para esa mierda de respuesta? Creía que a ti, al menos, podía hacerte confesiones...

- Y puedes, ¿a quién se lo voy a contar? Yo, una entidad incorpórea... –torció la boca en una mueca sarcástica.

- Bua, no te me pongas ahora pedante. Ayúdame, joder.

- ¿Pedante? Te recuerdo que estás hablando sola, imbécil.

- Bueno, vale, lo siento, “Pepita Grilla”. Ya podías parecerte menos a mí...ser una personalidad anexa, por ejemplo. Un otro yo...En fin, ¿vas a ayudarme?

- Pero vamos a ver, ¿adónde quieres llegar?

- No sé, a alguna parte...

- Entonces da igual el camino que tomes. –rió

- Pero bueno, ¿quién eres ahora, el gato de Chesire? –chapoteé.

- A ver, monina, ¿cómo quieres que te ayude si ni tú misma te aclaras? No puedo darte más que los consejos precocinados que estás harta de oír. ¿Quieres hacerlo? Adelante, no tienes nada que perder, nada que no tengas ya pisoteado, claro. Y sí algo que ganar, pero la cuestión es que te da igual, ¿no? Ni tú misma lo entiendes, pero aunque quieras disimularlo, aunque te engañes pensando que sigues luchando hace tiempo que, en tu interior, has desistido. Lo que quieres es reavivar esa llama que ahora no es más que ceniza. Bueno, quizás brasas, brasas todavía candentes. Y luego está esa chica...

- ¿Qué chica? –la corté.

- ¿Pretendes ocultármelo? Serás mema, ¡si estoy en tu cabeza!.

- Lo sé. Me da igual, es absurdo. Bah, no vas a solucionarme nada, esfúmate.


Y así lo hizo. Frunciendo por última vez el ceño en actitud de reproche y dejando tras de sí un rastro evanescente de humo violáceo y olor a incienso. Y dejándome sola. Sola sin mi soledad.


lunes, 10 de octubre de 2011

Debo irme, se ha hecho tarde. Me levanto y me visto sigilosa para no despertarte: no podría soportar la despedida. Cojo la maleta -ya desayunaré por el camino- y cierro la puerta dejando atrás mis últimas esperanzas.

Espero en el andén, pero no estoy allí. Mi mente hiberna en algún lugar lejos de la estación, lejos incluso de mis realidades ilusorias, aguardando entre una niebla tan espesa como la de aquel amanecer. Me esfuerzo inconscientemente por demostrar mi estado ausente para evitar así conversaciones banales con los otros futuros pasajeros de mi tren. Y comienzo a ascender, hasta mi mundo. Te sueño desde los pies de tu cama, a pesar de que no quise verte para evitar la tentación de besarte por última vez. Pero te veo, ahora, tan real como aquella noche que fingía ser interminable; hecha un ovillo, con la sábana embrollada entre tus piernas y aferrada fuertemente al calor de la almohada. Siento celos de ella...y de las sábanas, aun cuando desprecias su abrigo; serpenteando cada noche entre tus piernas, entre el dulzor tibio de tus muslos, los mismos entre los que yo solía perder la noción del tiempo...

miércoles, 31 de agosto de 2011

Amores saldados


Hora punta. Tráfico de transeúntes por una avenida de saldos. Indiferencia gris y naranja, de mujeres y hombrecillos acelerados por no se sabe qué, que tan rápido entran en las tiendas cuanto más rápido aún las desalojan. Relucen las fachadas de sus mejores ocres y violáceos, azules, verdes y escarlatas, en el bulevar donde se venden los sueños caducos por unas butacas en el gallinero de la vida.

Pocos vendedores acaban satisfechos con los negocios realizados por sus obligadas rebajas. Y una tiendecita humilde persevera, con sobrada oferta y nula demanda, no mejor que las demás ni más barata -si acaso al contrario- con sus pequeñas pertenencias. De trueque, acostumbra a hacerse llamar, por presumir de intercambiar bienes singularmente artesanales, duraderos mas frágiles, imperfectos, por haber sido tallados de a uno y no en cadena. Sin embargo muchos la acusan de fraude, de que la calidad de sus productos no merece tal cuantía, sin hablar de la precariedad de sus fianzas “¿Por qué tus productos no tienen garantía?” “Bueno, ellos no me avalan la forma de pago”. Y así continúa, todavía, no se sabe por cuánto más –ni cuántas veces habrá cedido en regatear las sumas, según cuentan comerciantes- ofreciendo aún cálida y cansada sonrisa a los curiosos que olfatean su escaparate y otros menos que resuelven entrar discretamente a oír sus tasas: “le cambio mis manos por cuatro caricias que rocen el alma” “le cedo el arco entre mis piernas por una pequeña muerte” “le vendo mis ojos por un horizonte a compartir” “le ofrezco mis huellas por una piel donde borrarlas”. La respuesta, a predecir: “No, gracias, sólo estaba mirando”.

lunes, 15 de agosto de 2011

Mariposas


Guardaba, pensaba, pequeñas mariposas en mi corazón abotargado. Mariposas deseosas de liberarse con un beso y volar hacia alguna mejilla cálida con un pequeño cachito de mi alma prendida de sus alas temblorosas. Que se acurrucaban, esperaban y huían velozmente desvaneciéndose al roce de los labios, o bien volaban cuando eran lanzados al aire, ateridas por el frío de la distancia hasta su destinatario. Y al llegar, como una burbuja, estallaban en una pequeña polvareda, un rastro fugaz de ternura que era absorbido por la piel, impregnándola de afecto, de dudas, de comprensión, o del mensaje que enviaras con ellas. Y sabía que, cuando retenía un beso, aleteaban furiosas acelerando mis latidos para exigirme que las soltara.


martes, 28 de junio de 2011

El silencio de los corderos

Acaricié por última vez su pelo crespo mientras me negaba la vista con su mirada otrora vivaz, ya muerta. No se molestó en volver su cuello magullado para despedir a un viejo amigo –el amigo traidor, aliado de verdugos; el amigo que ahogaría su llanto impotente por el compañero en la horca. Me alejé y se lo llevaron. Abandonó patosamente ahogado por una tensa y corta correa la pocilga maloliente. Con paso resignado y la imagen misma de la estoica derrota injustamente padecida y aceptada, de cada oveja, cada pollo, cada cerdo agonizante tras la mano implacable del hombre, cada fusilado.

Fue una mañana de noviembre de no sé qué año, una ejecución rutinaria de la empresa ganadera. Fría humedad envolvente, casi agua, que sostenía el aliento a jirones de la fila de tres hombres y la mal llamada bestia, como un sudario póstumo de la vida arrancada entre estertores henchidos de su sangre. Fría la piedad de aquellos asesinos remunerados de chubasqueros grises y tosca pose de verdugos, cuchillo en mano:

Inmovilización.

Convulsión.

Degollamiento.

Sangre.


Me encontré por última vez reflejado en sus ojos vidriosos. Silenciosamente interrogantes.