lunes, 25 de julio de 2011

21:14


¿Lunes? Poco importa. Las manecillas se arrastran impasibles sobre la esfera de cristal con un estoicismo obstinado. La casa permanece silenciosa y el primer piso deshabitado, a excepción de la inexpugnable intromisión de las moscas. Y tras los dieciséis escalones rojizos, en una habitación orientada al sur, descanso, fatigada, recostada entre sábanas y mantas embrolladas en un ambiente soporífero. Desnuda y vulnerable, sumida en la aborrecible pasividad del hastío. Abiertas de par en par las puertas de la terraza, mi angosta espalda se ofrenda al ocaso. Imperceptible cordillera de vértebras y al sur un acento cóncavo: pequeño oasis de sombras en el largo desierto de mi piel... ¿Dejada, desganada? Profundamente agotada de no hacer nada. Y de esperar.

Y esperar, y esperar, y esperar...a vivir.


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