Mi identidad grita por
desbloquearse
en cada silencio incómodo,
en cada abismo de posibles comentarios
que no pasan el filtro.
Oculto mis pensamientos
a dicciones susceptibles de apreciarse
esperando
ingenuamente
que la ausencia de palabras lo sea también
de juicios.
Pretendiendo hacer antesala
en la opinión ajena
hasta que la motivación y el coraje
soplen a favor
de la extroversión
nuevamente.
Y me quedo allí,
atrapada en la indiferencia que despierta
una chica callada,
taciturna,
insulsa.
Sin que nadie llegue nunca a quererme
ni interesarle
ni desear mi compañía
más allá
de como medio vulgar y supletorio
para matar las horas.
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