Me cuesta lo mismo soltar una lágrima que una sonrisa, y suelo elegir la sonrisa. Sólo a veces algún pequeño evento impredecible me susurra al oído que la otra elección es más correcta, o quizás que, más allá de la idea de verdad o corrección, lo que toca esta vez es el llanto. A menudo siento que me gusta demasiado la sensación de ser una sufridora, una víctima y marginada social. El dolor, la enfermedad, la decadencia y la tristeza me resultan dolorosamente atractivos, quizás por complejo de antihéroe romántico. Me hago cortes psicológicos en las muñecas ligeramente profundos pero nunca verticales, pues sólo me engaño a mí misma de forma muy poco eficiente con la idea de querer destruirme, pero sólo quiero llamar la atención, alimentar mi ego con la preocupación ajena. Mi problema no es ignorarlo y que me ocurra o conocerlo y evitarlo, sino saberlo y no poder impedirlo, saberlo y odiarme por ello, humillarme cada vez que sufro emocionalmente aparentemente sin motivo hasta el punto de acabar llorando por la agresión psicológica que yo misma me causo. Quizás ese sea también un mecanismo para tener al menos algo por lo que llorar, aunque sea el ser tan patética de hacerlo.
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