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jueves, 23 de febrero de 2012

Violeta

La noche era insondable. El cielo terriblemente azul y en mi interior, púrpura. Henchida la luna se regocijaba en su bóveda celeste, concediéndome al borde de la piscina unos pocos rayos plateados. Mis piernas, sumergidas hasta la rodilla, se mostraban zigzagueantes, lechosas e interminables. Esperaba su respuesta, un consejo, un reproche, tras mi confesión silenciosa.

Me miró. Me miró largo rato, desafiante, con sus enormes ojos malva llameando entre su carita pecosa. Al fin, tras un minuto o dos, una eternidad confinada en unas pocas vueltas de segundero, bajó la mirada:

- Tú sabrás. –contestó, lacónica.

- Eh, ¿tanta cosa para esa mierda de respuesta? Creía que a ti, al menos, podía hacerte confesiones...

- Y puedes, ¿a quién se lo voy a contar? Yo, una entidad incorpórea... –torció la boca en una mueca sarcástica.

- Bua, no te me pongas ahora pedante. Ayúdame, joder.

- ¿Pedante? Te recuerdo que estás hablando sola, imbécil.

- Bueno, vale, lo siento, “Pepita Grilla”. Ya podías parecerte menos a mí...ser una personalidad anexa, por ejemplo. Un otro yo...En fin, ¿vas a ayudarme?

- Pero vamos a ver, ¿adónde quieres llegar?

- No sé, a alguna parte...

- Entonces da igual el camino que tomes. –rió

- Pero bueno, ¿quién eres ahora, el gato de Chesire? –chapoteé.

- A ver, monina, ¿cómo quieres que te ayude si ni tú misma te aclaras? No puedo darte más que los consejos precocinados que estás harta de oír. ¿Quieres hacerlo? Adelante, no tienes nada que perder, nada que no tengas ya pisoteado, claro. Y sí algo que ganar, pero la cuestión es que te da igual, ¿no? Ni tú misma lo entiendes, pero aunque quieras disimularlo, aunque te engañes pensando que sigues luchando hace tiempo que, en tu interior, has desistido. Lo que quieres es reavivar esa llama que ahora no es más que ceniza. Bueno, quizás brasas, brasas todavía candentes. Y luego está esa chica...

- ¿Qué chica? –la corté.

- ¿Pretendes ocultármelo? Serás mema, ¡si estoy en tu cabeza!.

- Lo sé. Me da igual, es absurdo. Bah, no vas a solucionarme nada, esfúmate.


Y así lo hizo. Frunciendo por última vez el ceño en actitud de reproche y dejando tras de sí un rastro evanescente de humo violáceo y olor a incienso. Y dejándome sola. Sola sin mi soledad.


lunes, 14 de noviembre de 2011

De hojas y corazones secos


17 de septiembre.

Refugiada al calor de una llama quimérica y titilante, con principios de hipotermia. El calor se me escapaba entre los dedos. Un extraño golpeó en la puerta con la aldaba y me arriesgué a abrir.

“¿Se puede?” preguntó con manos y bolsillos vacíos -quizás su cuerpo estuviera igual de aterido. “Puedes…” me dije más a mí que a ti, aflorando un poso de sublevación en mi mente sonámbula. Entraste sin intención de incendiar y me ofreciste lo que yo quisiera darte, y accedí, tras un preludio de miradas esquivas, a refugiarme bajo los arcos de aquellas pestañas que cercaban un cielo.

Y sin precintos sostuve tu mano bajo la vejez estacional de un sosegado octubre. Los días se sucedían con gamas de ocre y caoba, con el templado frescor de una mollizna.

Y por una vez, no esperaba nada.


lunes, 10 de octubre de 2011

Debo irme, se ha hecho tarde. Me levanto y me visto sigilosa para no despertarte: no podría soportar la despedida. Cojo la maleta -ya desayunaré por el camino- y cierro la puerta dejando atrás mis últimas esperanzas.

Espero en el andén, pero no estoy allí. Mi mente hiberna en algún lugar lejos de la estación, lejos incluso de mis realidades ilusorias, aguardando entre una niebla tan espesa como la de aquel amanecer. Me esfuerzo inconscientemente por demostrar mi estado ausente para evitar así conversaciones banales con los otros futuros pasajeros de mi tren. Y comienzo a ascender, hasta mi mundo. Te sueño desde los pies de tu cama, a pesar de que no quise verte para evitar la tentación de besarte por última vez. Pero te veo, ahora, tan real como aquella noche que fingía ser interminable; hecha un ovillo, con la sábana embrollada entre tus piernas y aferrada fuertemente al calor de la almohada. Siento celos de ella...y de las sábanas, aun cuando desprecias su abrigo; serpenteando cada noche entre tus piernas, entre el dulzor tibio de tus muslos, los mismos entre los que yo solía perder la noción del tiempo...

miércoles, 31 de agosto de 2011

Amores saldados


Hora punta. Tráfico de transeúntes por una avenida de saldos. Indiferencia gris y naranja, de mujeres y hombrecillos acelerados por no se sabe qué, que tan rápido entran en las tiendas cuanto más rápido aún las desalojan. Relucen las fachadas de sus mejores ocres y violáceos, azules, verdes y escarlatas, en el bulevar donde se venden los sueños caducos por unas butacas en el gallinero de la vida.

Pocos vendedores acaban satisfechos con los negocios realizados por sus obligadas rebajas. Y una tiendecita humilde persevera, con sobrada oferta y nula demanda, no mejor que las demás ni más barata -si acaso al contrario- con sus pequeñas pertenencias. De trueque, acostumbra a hacerse llamar, por presumir de intercambiar bienes singularmente artesanales, duraderos mas frágiles, imperfectos, por haber sido tallados de a uno y no en cadena. Sin embargo muchos la acusan de fraude, de que la calidad de sus productos no merece tal cuantía, sin hablar de la precariedad de sus fianzas “¿Por qué tus productos no tienen garantía?” “Bueno, ellos no me avalan la forma de pago”. Y así continúa, todavía, no se sabe por cuánto más –ni cuántas veces habrá cedido en regatear las sumas, según cuentan comerciantes- ofreciendo aún cálida y cansada sonrisa a los curiosos que olfatean su escaparate y otros menos que resuelven entrar discretamente a oír sus tasas: “le cambio mis manos por cuatro caricias que rocen el alma” “le cedo el arco entre mis piernas por una pequeña muerte” “le vendo mis ojos por un horizonte a compartir” “le ofrezco mis huellas por una piel donde borrarlas”. La respuesta, a predecir: “No, gracias, sólo estaba mirando”.