
Hora punta. Tráfico de transeúntes por una avenida de saldos. Indiferencia gris y naranja, de mujeres y hombrecillos acelerados por no se sabe qué, que tan rápido entran en las tiendas cuanto más rápido aún las desalojan. Relucen las fachadas de sus mejores ocres y violáceos, azules, verdes y escarlatas, en el bulevar donde se venden los sueños caducos por unas butacas en el gallinero de la vida.
Pocos vendedores acaban satisfechos con los negocios realizados por sus obligadas rebajas. Y una tiendecita humilde persevera, con sobrada oferta y nula demanda, no mejor que las demás ni más barata -si acaso al contrario- con sus pequeñas pertenencias. De trueque, acostumbra a hacerse llamar, por presumir de intercambiar bienes singularmente artesanales, duraderos mas frágiles, imperfectos, por haber sido tallados de a uno y no en cadena. Sin embargo muchos la acusan de fraude, de que la calidad de sus productos no merece tal cuantía, sin hablar de la precariedad de sus fianzas “¿Por qué tus productos no tienen garantía?” “Bueno, ellos no me avalan la forma de pago”. Y así continúa, todavía, no se sabe por cuánto más –ni cuántas veces habrá cedido en regatear las sumas, según cuentan comerciantes- ofreciendo aún cálida y cansada sonrisa a los curiosos que olfatean su escaparate y otros menos que resuelven entrar discretamente a oír sus tasas: “le cambio mis manos por cuatro caricias que rocen el alma” “le cedo el arco entre mis piernas por una pequeña muerte” “le vendo mis ojos por un horizonte a compartir” “le ofrezco mis huellas por una piel donde borrarlas”. La respuesta, a predecir: “No, gracias, sólo estaba mirando”.
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