sábado, 30 de marzo de 2013

La depresión es humillante. Convierte a las personas inteligentes y amables en zombis que no pueden lavar un plato o cambiar sus calcetines. Afecta a la capacidad de pensar con claridad, de sentir cualquier cosa, de atribuir valor a tus hijos, a tus pasiones de toda la vida, a tu relativa buena suerte. Te saca a cucharadas tu capacidad normal y saludable para hacer frente a los malos días y a las malas noticias, y lo reemplaza con un lodo irreconocible que no encuentra placer, ni deleite, y nada fuera de la cama tiene sentido. Alejas a tus amigos porque no puedes socializar, arriesgas tu trabajo porque no te puedes concentrar, vives en una moderada miseria porque no tienes energía para levantarte, y mucho menos para sacar la basura. Te conviertes en patético y lo sabes. Y no tienes la capacidad para detener la caída. No tienes ninguna perspectiva, ni reserva emocional, ni la fe de que vaya a mejorar. Así que te sientes culpable y avergonzado de tu incapacidad para hacer frente a la vida como un ser humano normal, lo que agrava la depresión y el aislamiento. 

Si nunca has estado deprimido, da gracias a tu buena suerte y deja que los que toman pastillas puedan establecer contacto visual con el cajero de la tienda. Nadie en el mundo elegiría la pesadilla de la depresión sobre una vida normal medianamente turbulenta. 

No es una incapacidad para hacer frente a la vida cotidiana en el mundo moderno. Es la incapacidad para funcionar. En todo. Si tú y tus seres queridos os habéis salvado, enhorabuena. Si la depresión se ha arraigado en ti o tus seres queridos, mucha suerte. 

Nadie la quiere. Nadie la merece. Cuando surge en una familia, arruina la familia. No te puedes imaginar lo que se necesita para fingir normalidad, para presentarse en el trabajo, para acudir a una cita con el dentista, para pagar las facturas, para pasear al perro, para devolver los libros de la biblioteca a tiempo, para mantener a mano el suficiente papel higiénico, cuando estás gastando la mayor parte de tu esfuerzo en no matarte. La depresión es real. Sólo porque nunca la hayas padecido no significa que sea imaginaria. La compasión es también real. Y una persona deprimida puede aferrarse desesperadamente a ella hasta que se encuentre fuera de peligro y pueda recordar su compasión por los demás como una fuerza superior a su depresión. Ten corazón. No juzgues para no ser juzgado.

Autor desconocido.

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