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martes, 24 de septiembre de 2013

Beatriz y los cuerpos celestes

No intentes enterrar el dolor: se extenderá a través de la tierra, bajo tus pies; se filtrará en el agua que hayas de beber y te envenenará la sangre. Las heridas se cierran, pero siempre quedan cicatrices más o menos visibles que volverán a molestar cuando cambie el tiempo, recordándote en la piel su existencia, y con ella el golpe que las originó. Y el recuerdo del golpe afectará a decisiones futuras, creará miedos inútiles y tristezas arrastradas, y tú crecerás como una criatura apagada y cobarde. ¿Para qué intentar huir y dejar atrás la ciudad donde caíste? ¿Por la vana esperanza de que en otro lugar, en un clima más benigno, ya no te dolerán las cicatrices y beberás un agua más limpia? A tu alrededor se alzarán las mismas ruinas de tu vida, porque allá donde vayas llevarás a la ciudad contigo. No hay tierra nueva ni mar nuevo, la vida que has malogrado malograda queda en cualquier parte del mundo.

La angustia, un buque fantasma, se iba hundiendo lentamente en el tiempo cenagoso; aquella angustia ante lo borrado, lo perdido, que se iba posando dentro, como una lluvia interior. En un intento de acallarla me impuse un programa de estudios espartano, y mi rutina diaria transcurría entre una universidad de paredes de piedra cubiertas de musgo y una habitación helada y lóbrega, con la cabeza enterrada entre libros y cuadernos, porque quería llenarme la mente, atiborrarla de datos, bloquear sus salidas con recién aprendidas palabras y sepultar los recuerdos bajo gerundios y participios y citas de Shakespeare, para no pensar en lo que dejaba atrás. 

Avanzarán los días y yo seguiré hundiéndome poco a poco en esta ansia de infinito, en esta inapagable sed de absoluto en la que nada es suficiente. Si por mí fuera, me pasaría el día haciendo el amor, y no sólo porque me guste sino porque es entonces cuando parece que las cosas llegan al límite; cuando, aunque sólo sea por tres segundos, huyo, salgo de mí, me hincho de luz y me aclaro, feliz y sin memoria, prendida en labios inventores de espléndidos engaños. Y entonces me digo que sí, que tiene sentido seguir adelante, a pesar de esta certeza de estar siempre sola. 

- Lucía Etxebarría

sábado, 30 de marzo de 2013

La depresión es humillante. Convierte a las personas inteligentes y amables en zombis que no pueden lavar un plato o cambiar sus calcetines. Afecta a la capacidad de pensar con claridad, de sentir cualquier cosa, de atribuir valor a tus hijos, a tus pasiones de toda la vida, a tu relativa buena suerte. Te saca a cucharadas tu capacidad normal y saludable para hacer frente a los malos días y a las malas noticias, y lo reemplaza con un lodo irreconocible que no encuentra placer, ni deleite, y nada fuera de la cama tiene sentido. Alejas a tus amigos porque no puedes socializar, arriesgas tu trabajo porque no te puedes concentrar, vives en una moderada miseria porque no tienes energía para levantarte, y mucho menos para sacar la basura. Te conviertes en patético y lo sabes. Y no tienes la capacidad para detener la caída. No tienes ninguna perspectiva, ni reserva emocional, ni la fe de que vaya a mejorar. Así que te sientes culpable y avergonzado de tu incapacidad para hacer frente a la vida como un ser humano normal, lo que agrava la depresión y el aislamiento. 

Si nunca has estado deprimido, da gracias a tu buena suerte y deja que los que toman pastillas puedan establecer contacto visual con el cajero de la tienda. Nadie en el mundo elegiría la pesadilla de la depresión sobre una vida normal medianamente turbulenta. 

No es una incapacidad para hacer frente a la vida cotidiana en el mundo moderno. Es la incapacidad para funcionar. En todo. Si tú y tus seres queridos os habéis salvado, enhorabuena. Si la depresión se ha arraigado en ti o tus seres queridos, mucha suerte. 

Nadie la quiere. Nadie la merece. Cuando surge en una familia, arruina la familia. No te puedes imaginar lo que se necesita para fingir normalidad, para presentarse en el trabajo, para acudir a una cita con el dentista, para pagar las facturas, para pasear al perro, para devolver los libros de la biblioteca a tiempo, para mantener a mano el suficiente papel higiénico, cuando estás gastando la mayor parte de tu esfuerzo en no matarte. La depresión es real. Sólo porque nunca la hayas padecido no significa que sea imaginaria. La compasión es también real. Y una persona deprimida puede aferrarse desesperadamente a ella hasta que se encuentre fuera de peligro y pueda recordar su compasión por los demás como una fuerza superior a su depresión. Ten corazón. No juzgues para no ser juzgado.

Autor desconocido.