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jueves, 5 de junio de 2014

Mendiga de afecto manoseado


El sudor empaña su frente y su cara está enrojecida. Alcanzas a tocar su mejilla con el dedo índice y sonríes, pero rebota en su rostro y te la devuelve con la misma intencionalidad que un espejo. Tuerces la cabeza para descansar un momento de esa especie de fingido estertor. Tu autoestima cuelga del pomo del armario, el placer en paradero desconocido. “¿Quieres ser mi puta barata?” “¿Por qué no? Tan sólo pido las migajas de afecto que quieras arrojarme. Tan sólo un pretexto para eludir la soledad…lo que dure un polvo”.

sábado, 26 de junio de 2010

Mendiga de afecto manoseado

Caminas, caminas, caminas, arropada por la noche gris y ámbar. El frío lucha por trepar tus vértebras. Como un termómetro te embota grado a grado, hueso a hueso, llegando al punto muerto en tus neuronas, al autómata –al que nunca te has soltado. Exhalación. Ni el escaso talento me acompaña. La mente entumecida estrepitosamente se ha obstruido, no interpreta. Responde, autómata, respuesta automática. Come sin hambre. Bebe sin sed. Camina sin rumbo. Ve sin mirar y mira sin ojos. Anhela sin sueños. Siente sin piel.

ANHEDONIA


Punto muerto –susurras a tus pies. El sujeto elíptico se quiere esforzar en lo espontáneo -¿es ese tu deseo?- ¡Vuélvete! Y regresa por el río de asfalto de alisos solitarios. Atraviesa las dunas de losas y llama ¡Llama! Corre a por un polvo sin nombre y sin sentido, tosco estímulo de micras mendigando al cerebro oxitocina.

Pulsas el tercero…¡Qué coño! abres la puerta, lo arrojas hasta que os frena el muro y ya sólo es el mapa su piel. El vello suave en la penumbra que puebla su pecho y guía tus yemas; comienzo del viaje al vórtice de la monótona danza del sexo. No importa, como tantas. El aliento en mi oído acompaña la fricción de su barba en mis labios. Mordisco. Cuello. Pezones. Escalofrío y humedad bajo los ojos. Gotas imperceptibles de sudor frío mientras mi mano derecha investiga, descendiendo entre la línea de pelo que señala el mando. Y te aferras, identificando el tacto grotesco que no has olvidado… Y ya te lo has ganado –te lamentas- ya está hecho. Cedes a sus respuestas vacías, a sus torpes manos explorando tus senos y el monte despoblado que de nuevo se seca. Esa es la señal: lo has vuelto a hacer. Has vuelto a convertirte en una pobre puta.