
Yo no quise, nunca quise; nadie quiere nunca hacer daño. Nadie quiere nunca estimar el alcance de cada uno de los pasos que acomete. Las cadenas sólo están ahí, tristemente engarzadas. Se suceden como pasos de escaleras que llevan a oscuras bodegas donde nadie quiere entrar. Te lanzan y atrapan un día en las redes del tiempo los dioses padres, para luego cobrarte el regalo con intereses que nunca has pedido: moralidad, convenciones, leyes, normas, culpabilidad. Siéntete culpable porque han sido puestas en tus manos las vidas de los otros, de tus hábitos depende su suerte. Ten empatía –es también un regalo de los dioses- para así luego sufrir por el dolor que a otros parias causa tu existencia. Nadie te ha preguntado ni lo hará. Puedes obedecer como el buen mártir que hubieran querido esos dioses y seguir sufriendo por no poder retroceder lo andado. Puedes también atorar los oídos con algodón en rama y fingir sordera: no gotea la sangre en mi comida, no lloran madres por sus hijas en mis tazas, nadie ruega por su vida en mis abrigos, nadie grita de angustia cuando pago: yo no los oigo. Ya no culpo esa sordera, el mutismo o la ceguera. Ya sólo arranco vendas, algodones y palabras porque yo no consigo esconderme, porque ya no puedo evitar ver su terror aunque a ti no te importe. El puntero se desliza por las horas como el filo del cuchillo en sus gargantas, y cuatro mil inocentes por segundo se calculan sólo en marcador humano. En mis oídos resuenan siempre sus ruegos. En mis ojos se diluyen en sangre sus pupilas muertas. En mi lengua se evoca el sabor metálico que encharca sus pulmones.
uF! Nudo en la garganta. Siempre. Pero vuelve a apretarse al leer tus palabras.
ResponderEliminarGracias por comentar! me alegro de poder transmitir algo con mis letras.
ResponderEliminarYo no quiero el daño pero con él te alcanzo, paso a paso, sin soltar las cadenas que nos unen, porque están ahí, ocultas en escaleras de bodega, de cicatriz endiosada de exposición.
ResponderEliminarYo no quiero hacer daño pero me lanzan a oscuras a lugares donde nadie quiere entrar, y allí me conservan como un regalo cubierto de polvo que no abrirán por culpa de la moral, las normas o la culpabilidad... por eso no se sientan a mi lado ni me sienten en sus manos, ni sienten sus hábitos, ni que la suerte esté de su lado... un puto regalo envenenado.
El sufrimiento de la obediencia sin retroceso.
Los gritos enraizados en oídos dañados.
Caldo de coágulo en plato bien blanco.
Tazas calientes que lloran entre los dientes.
Cuerpos fríos tapados gargantas calientes.
No hay nadie cuando pago, estoy en la orilla del mar que los ahoga, desde ahí solo se ven las olas, sus formas en ladrillo cubriendo sus vidas y la muerte que los azota.
No culpo al que disfruta desde la orilla, yo me ahogo ahora por bañarme.
Yo no culpo al que no me escucha gritarle, avisarle, él se ahoga en la obediencia indebida, en sangre.
Tido.
No me des las gracias, solo es escritura automática desde tu propio texto.
ResponderEliminarUn saludo.